"Y LA PALABRA SE HIZO CARNE ..."
“No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será también para todo el pueblo: Os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2, 10-11).
«Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14)
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"...Queridos niños, os escribo acordándome de cuando, hace muchos años, yo era un niño como vosotros. Entonces yo vivía también la atmósfera serena de la Navidad, y al ver brillar la estrella de Belén corría al nacimiento con mis amigos para recordar lo que sucedió en Palestina hace 2000 años. Los niños manifestábamos nuestra alegría ante todo con cantos. ¡Qué bellos y emotivos son los villancicos, que en la tradición de cada pueblo se cantan en torno al Nacimiento de Jesús! ¡Qué profundos sentimientos contienen y, sobre todo, cuánta alegría y ternura expresan hacia el divino Niño venido al mundo en la Nochebuena! También los días que siguen al nacimiento de Jesús son días de fiesta: así, ocho días más tarde, se recuerda que, según la tradición del Antiguo Testamento, se dio un nombre al Niño: llamándole Jesús.
¡Qué importante es el niño para Jesús! Se podría afirmar desde luego que el Evangelio está profundamente impregnado de la verdad sobre el niño. Incluso podría ser leído en su conjunto como el « Evangelio del niño ».
En efecto, ¿qué quiere decir: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos »? ¿Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos? En el niño hay algo que nunca puede faltar a quien quiere entrar en el Reino de los Cielos. Al Cielo van los que son sencillos como los niños, los que como ellos están llenos de entrega confiada y son ricos de bondad y puros. Sólo éstos pueden encontrar en Dios un Padre y llegar a ser, a su vez, gracias a Jesús, hijos de Dios.
¿No es éste el mensaje principal de la Navidad? Leemos en san Juan: «Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (1, 14); y además: «A todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (1, 12). ¡Hijos de Dios! Vosotros, queridos niños, sois hijos e hijas de vuestros padres. Ahora bien, Dios quiere que todos seamos hijos adoptivos suyos mediante la gracia. Aquí está la fuente verdadera de la alegría de la Navidad, de la que os escribo ya al término del Año de la Familia. Alegraos por este «Evangelio de la filiación divina». Que, en este gozo, las próximas fiestas navideñas produzcan abundantes frutos, en el Año de la Familia..."(Carta a los niños, 13 de diciembre de 1994).
¡Qué importante es el niño para Jesús! Se podría afirmar desde luego que el Evangelio está profundamente impregnado de la verdad sobre el niño. Incluso podría ser leído en su conjunto como el « Evangelio del niño ».
En efecto, ¿qué quiere decir: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos »? ¿Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos? En el niño hay algo que nunca puede faltar a quien quiere entrar en el Reino de los Cielos. Al Cielo van los que son sencillos como los niños, los que como ellos están llenos de entrega confiada y son ricos de bondad y puros. Sólo éstos pueden encontrar en Dios un Padre y llegar a ser, a su vez, gracias a Jesús, hijos de Dios.
¿No es éste el mensaje principal de la Navidad? Leemos en san Juan: «Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (1, 14); y además: «A todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (1, 12). ¡Hijos de Dios! Vosotros, queridos niños, sois hijos e hijas de vuestros padres. Ahora bien, Dios quiere que todos seamos hijos adoptivos suyos mediante la gracia. Aquí está la fuente verdadera de la alegría de la Navidad, de la que os escribo ya al término del Año de la Familia. Alegraos por este «Evangelio de la filiación divina». Que, en este gozo, las próximas fiestas navideñas produzcan abundantes frutos, en el Año de la Familia..."(Carta a los niños, 13 de diciembre de 1994).
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“Apareció la Gracia. ¿Qué es la Gracia?. La Gracia es precisamente la manifestación de Dios. El abrirse de Dios al hombre. Dios, permaneciendo en la plenitud inescrutable de su Ser divino, del Ser Uno y Trino, se abre al hombre, se hace Don al hombre, del que es Creador y Señor. La Gracia es Dios como Padre Nuestro. Es el Hijo de Dios como Hijo de la Virgen. Es el Espíritu Santo, que actúa en el corazón del hombre con la riqueza infinita de sus dones (...).
La Gracia es, al mismo tiempo, el hombre, el hombre nuevo, nuevamente creado. Es el hombre visitado por Dios en la profundidad misma de su esencia humana. El hombre nacido de nuevo, nacido para la Verdad y el Amor. Es el hombre llamado, en el misterio de la imagen y semejanza, a la participación de la Naturaleza divina y compenetrado por ella. Llamado en la noche de Belén con la fuerza misteriosa de la filiación divina, para llegar a ser hijo en el Hijo.
La Gracia es, pues, Dios en nosotros: en ti, en mi, en él, en ella, en cada uno, en todos. La Gracia es, así, nosotros en Dios: nosotros-comunidad, nosotros-familia, nosotros-Pueblo de Dios, nosotros-Iglesia, nosotros-humanidad. La Gracia: don de unidad en el Espíritu Santo. Y la noche de Belén es el nuevo comienzo de este don en la tierra. El nuevo tiempo de la humanidad en Dios: “Apareció... la Gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tit 2, 11). (Mensaje Urbi et Orbi, Navidad 1985).
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“Navidad es la fiesta del hombre. Nace el Hombre. Uno de los millares de millones de hombres que han nacido, nacen y nacerán en la tierra. Un hombre, un elemento que entra en la composición de la gran estadística. No casualmente Jesús vino al mundo en el período del censo, cuando un emperador romano quería saber con cuántos súbditos contaba su país. El hombre, objeto de cálculo, considerado bajo la categoría de la cantidad, uno entre millares de millones. Y al mismo tiempo, uno, único, irrepetible. Si celebramos con tanta solemnidad el nacimiento de Jesús, lo hacemos para dar testimonio de que todo hombre es alguien, único, irrepetible. Si es verdad que nuestras estadísticas humanas, las catalogaciones humanas, los sistemas políticos humanos, económicos y sociales, las simples posibilidades humanas, no son capaces de asegurar al hombre el que pueda nacer, existir y obrar como ser único e irrepetible, todo eso se lo asegura Dios. Para Él y ante Él, el hombre es único e irrepetible; alguien eternamente ideado y eternamente elegido; alguien llamado y denominado por su propio nombre.” (Mensaje Urbi et Orbi, Navidad 1978).
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“Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11). Nosotros hombres, inclinados de nuevo ante el misterio de Belén, sólo podemos pensar con dolor en cuánto han perdido los habitantes de la “ciudad de David”, porque no abrieron la puerta. Lo que pierde todo hombre que no deja nacer, bajo el techo de su corazón, a Cristo “la luz verdadera que con su venida al mundo ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9). ¡Cuánto pierde el hombre cuando, encontrándolo no ve en El al Padre!. En efecto, Dios se ha manifestado en Cristo al hombre como Padre. ¡Y cuánto pierde el hombre cuando no ve en El a la propia humanidad!. Pues Cristo ha venido al mundo para manifestar plenamente el hombre al propio hombre y hacerle ver su altísima vocación! (...) Nace también un sentido deseo y una humilde oración: que los hombres de nuestra época acojan a Cristo.” (Mensaje Urbi et Orbi, Navidad 1981).
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“Dirigimos la mirada hacia Ti, Cristo, Puerta de nuestra salvación, y te damos gracias por el bien realizado en los años, siglos y milenios pasados. Debemos confesar, sin embargo, que a veces la humanidad ha buscado fuera de Ti la Verdad, que se ha fabricado falsas certezas, ha corrido tras ideologías falaces. A veces el hombre ha excluido del propio respeto y amor a hermanos de otras razas o distintos credos, ha negado los derechos fundamentales a las personas y a las naciones. Pero Tú sigues ofreciendo a todos el Esplendor de la Verdad que salva.” (Mensaje Urbi et Orbi, Navidad 1999).
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